miércoles, 7 de marzo de 2012

Enamórate y grita

Apasiónate, mujer, cuando eres niña.
En la cuna. En tus juegos.
Apasiónate, mujer, cuanto revienten los 15 años
cuando ríes, y si... escuchas.
Apasiónate, mujer, entre esos 18 y esos 20
cuanto alegre te enamoras.

Apasiónate, mujer, y enamora siempre.
Enamórate, mujer, en cualquier tiempo.
Enamórate, mujer, de ti y de la vida.
Enamórate, mujer, de tu trabajo y con tu trabajo.
Apasiona y enamora a cada paso.
Y a cada paso, mujer, "grita".

¡Grita al nacer!
Grita a los 15, a los 18 y a los 20.
Grita siempre, enamórate de ti o de otro.
¡Grita siempre mujer!
¡Grita!
Que sepa el mundo que te apasionas, que te enamoras.


Iluminada Ramos Ramos.

A todas las mujeres del mundo.

Una flor en la desolación

 
 
 
En el Día Internacional de la Mujer queremos recordar la figura de una mujer íntegra de pies a cabeza que luchó hasta su último aliento contra el fascismo: Matilde Landa.
De todas las historias de la Guerra Civil y de la interminable posguerra, la de Matilde Landa es una de las más impresionantes y desgarradoras. Y es que esta mujer, a la que el poeta Miguel Hernández dedicó un emocionante poema y más recientemente el grupo de rock Barricada ha dedicado una canción en su disco La tierra está sorda,  vivió su militancia política con una coherencia y una dignidad que, aún hoy, cuando ya han transcurrido siete décadas desde aquellos trágicos acontecimientos, nos estremece hasta la médula.
Matilde Landa Vaz había nacido en Badajoz el 24 de junio de 1904, en el seno de una familia pudiente, republicana, laica, librepensadora, en la que se potenciaba la educación y la cultura por encima de cualquier otro aspecto. Su padre, Rubén Landa Coronado, un importante abogado extremeño republicano, y su madre, Jacinta Vaz Toscano, contrajeron matrimonio por lo civil, algo insólito para la época. La pequeña Matilde creció felizmente rodeada de sus tres hermanos, Aída, Rubén y Jacinta, y dedicando la mayor parte de su tiempo a estudiar, a leer y a observar la naturaleza. En este ambiente familiar culto y librepensador empieza a tener contacto con las ideas izquierdistas que más tarde desarrollaría plenamente. En 1923, la joven Matilde se traslada a Madrid para iniciar sus estudios de Ciencias Naturales en la universidad, algo poco común entre las jóvenes de la época, que básicamente se preparaban para casarse y ser amas de casa.
Con la llegada del régimen republicano, Matilde toma plena conciencia de las injusticias sociales, sobre todo las que tienen que ver con las mujeres, y decide trabajar de manera activa para aportar su granito de arena en la construcción de un mundo más justo, más solidario, en el que las desigualdades de clase y de género queden sepultadas para siempre en el olvido. En los primeros meses de 1936, Madrid es una ciudad sumida totalmente en un clima prebélico. En este contexto histórico, Matilde se afilia al PCE, que poco a poco, va ganando simpatizantes, sobre todo muchas mujeres que se sienten atraídas por la fuerza y el magnetismo de una oradora extraordinaria, Dolores Ibárruri, Pasionaria.
Cuando estalla la guerra, Matilde se pone al servicio de su partido y de la República. Durante los tres años que dura el conflicto trabaja como enfermera y como oradora para el Ministerio de Propaganda, recorriendo la España republicana, arengando a los combatientes, dando conferencias para tratar de infundir ánimo en la defenestrada moral de la retaguardia, prestando su ayuda allá donde sea necesaria. 
En los meses que siguen al final de la guerra, la ciudad es un hervidero de detenciones, de torturas y de fusilamientos al amanecer.  Matilde es detenida el día 4 de abril de 1939 y en días sucesivos es sometida a diferentes interrogatorios, con las consiguientes torturas. El día 26 de septiembre, Matilde es trasladada a la Cárcel de Mujeres de Ventas. Para esta época, Matilde ya es una mujer casada y madre de una hija, Carmen. Pero esto no impide que sea condenada a pena de muerte, castigo que, finalmente, será conmutado por el de 30 años de prisión, algo que no ocurría casi nunca. Y será en el penal de Ventas donde se empiece a fraguar la leyenda de esta mujer. Organiza, junto con otras presas, la “oficina de penadas”, un comité de ayuda a presas condenadas a la pena máxima que, en medio de tanta desolación y dolor, trata de ofrecer una pizca de solidaridad y fraternidad entre las presas republicanas. Pronto se convierte en un pilar fundamental en el que se sustentan las demás mujeres. Las autoridades de la prisión se dan cuenta de la gran influencia que Matilde ejerce entre sus compañeras de prisión y deciden trasladarla a otra cárcel. De esta manera, en 1940, ingresa en la prisión de mujeres de Palma de Mallorca, un penal masificado, donde el hambre, el miedo, las enfermedades de todo tipo y los piojos hacen estragos. Pero nada de esto arredra a Matilde, la única presa en toda la prisión con estudios universitarios, que sigue ayudando como puede a sus compañeras. Desde la cárcel, siempre que tiene ocasión, escribe a su pequeña Carmen, que ha conseguido salir de España y vive junto con sus tíos en México. En una de estas cartas, le pide a la pequeña niña que no se olvide nunca de los niños que han tenido menos suerte que ella. En otra, le dice que en la situación en la que se encuentra, lo que más echa de menos es el campo y poder escuchar  música de Beethoven.
La prisión de Palma estaba regentada con mano de hierro por las Hermanas de la Santa Cruz, quienes intentaban por todos los medios que las presas que no habían sido bautizadas se convirtieran al catolicismo. Muy pronto Matilde, que desde pequeña había vivido en un ambiente familiar laico, se convirtió en el principal objetivo de las monjas, siendo sometida a una gran presión, pues si lograban que ella abrazara la fe católica, conseguirían una gran victoria propagandística. Las monjas lo intentaron de todas las maneras posibles, mediante castigos y usando la persuasión, pero nada consiguió doblegar la extraordinaria fuerza interior de Matilde. El bautizo estaba previsto para el día 26 de septiembre de 1942, justo cuando se cumplía el tercer aniversario de su entrada en prisión y a él asistirían el obispo de Palma y el gobernador civil. No obstante, un rato antes de que tuviera lugar semejante atropello, Matilde decidió poner fin a su vida lanzándose al vacío desde una galería de la prisión. Su agonía duró casi una hora, tiempo suficiente para que se le administrara el sacramento del bautismo in artículo mortis. Tras su muerte, en su celda se hallaron algunos libros de poemas, entre ellos uno de Santa Teresa de Jesús. 

miércoles, 29 de febrero de 2012

NADA, de Carmen Laforet




«Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces».

Cómo explicar mi admiración hacia Carmen Laforet. Quizá porque escribió Nada con tan sólo 23 años, o que me siento cómplice de Andrea, o simplemente porque quedé atrapada en las paredes del piso de la calle Aribau.

El libro comienza con un viaje en tren. Andrea, una joven de 18 años, rebelde con sueños e ideales pretende hacerlos realidad en una Barcelona terminada la Guerra Civil, donde comenzará sus estudios en la facultad.
Su existencia, así como su personalidad cambiarán al conocer a los habitantes del piso de su abuela, en la calle Aribau, en el que además de esta viven: su tía Angustias (una mujer fría, envidiosa, que muestra cierto grado de lesbianismo al tratar a Andrea y que acabará recluida en un convento), sus tíos Román y Juan dos hermanos destruidos por la guerra y resentidos con la situación actual.
 Y la mujer de Juan, Gloria, un personaje tan vulnerable, tan infantil…En ciertos momentos parece que habla su parte más adulta, pero otras se limita a hacer comentarios carentes de racionalidad.
Son unos personajes tan reales, que podemos verlos, sentirlos y enamorarnos de cada uno de ellos.
El ambiente en esa casa es asfixiante, lleno de cosas viejas, maloliente, con continuas discusiones, en el que describe los malos tratos de Juan a Gloria, la comprensión de la abuela, y ese artista atormentado que es Román, ese personaje que atrae por su profundo misterio, sus secretos, que vive en el ático del que desaparece durante largas temporadas y nadie sabe a donde va. En ese microcosmos, a alguno de los personajes se le pregunta qué le pasa, qué piensa, qué siente, con frecuencia se obtiene la misma respuesta “nada”.
No es de extrañar que Andrea no soportara esta situación y buscara en la universidad una vía de escape, donde encuentra a Ena (que también se enamorará de Román) y a su familia, de la que formará parte de alguna manera. Es un sentimiento de admiración y le gustaría ser como ella pero en lugar de eso se conforma con la oscuridad de su casa que cada vez odia más. Personaje crucial para entender la historia es la madre de Ena que le confiesa a Andrea su aventura con Román.

Es una lectura que nos transporta a esa Barcelona gris acabada la Guerra Civil, paseamos por sus oscuras calles, estrechos callejones, soñamos con la magia del barrio chino con personajes grotescos…

El sentimiento de desilusión se hace presente en toda la novela. Nos transmite una sensación de vacío, de individualismo, cada personaje mira para sí mismo.

Andrea representa a un alma viva, joven que lucha con entusiasmo por salvarse y salvar a otros de esa confusión que es vivir. Se marcha de Barcelona después de un fatídico e inesperado final con la sensación de no llevarse nada, pero en el fondo ella sabe que todo en ella ha cambiado.

«Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida».

viernes, 3 de febrero de 2012

Mañanas

Mañanas de versos amargos,
de noches eternas
de eternos vacíos esperando
tus besos,
de cuerpos innertes
y lágrimas vivas.

Mañanas que se hacen tardes
para recibir el hastío
de otro día sin verte.

miércoles, 25 de enero de 2012

Lo nunca dicho



En el cafetín de la plaza, se encuentra como todas las tardes al caer el sol, un escritor.
Se sienta en una esquina, al lado de la tenue luz de la lámpara.
Pide un café solo, bien cargado para despertar sus sentidos.
Sus manos cansadas con las marcas de los años tatuadas en su piel, abren su bolso, en el que porta una colección de hojas con las que terminará su novela.
A veces tarda en escribir y se queda quieto, esperando que la mano de Calíope le acaricie y vuelva a él la inspiración.
Quizá sea esta su última novela, sabe que poco le queda ya por escribir. Ha sido el libro más complejo de su trayectoria, será porque escribe de sí mismo, cosa que nunca ha hecho. Siempre se ha escondido en personajes difuminados, en un segundo plano como observando las escenas que se sucedían a su alrededor.
Escribir desde tan adentro lo deja agotado. Empezó este libro después de abrir un sobre, con una esquela dentro.
En ese instante él también murió un poco.
La historia más difícil es la que nos ocultamos a nosotros mismos. La que va haciendo un poso de amargura en el estómago.
Su vida reducida a una esquela con nombre de mujer. La mujer que amó siempre desde el silencio, desde el más triste anonimato.
La conoció muy joven, llena de inquietudes, de ideas feministas, y a la vez una enamorada de las novelas románticas.
La vio hacerse mujer y con ello, el deseo de estar a su lado, de ser su amigo y compañero. Lástima que nunca se acerco a ella.
La vio enamorarse de otro, casarse de blanco, como él tantas veces la había vislumbrado en sus sueños.
Vio como los surcos de la edad marcaban su frente.
Y un día de invierno, ella se apagó para siempre.

Por eso él escribe ahora lo que quiso decirle y nunca le dijo.
Le habla a una tumba de piedra, llena de flores silvestres, y a veces siente que ella le contesta, que asiente en el silencio, como si no se hubiese ido del todo, como si quedará algo de ella que no quiere dejarlo solo.

Levanta la vista del papel y mira otra vez la realidad, el café vacío, la oscuridad que llena la calle.... La pluma escribe en el inferior de la hoja: FIN.

viernes, 20 de enero de 2012

Villa Allegra





Mi casa se llama Villa Allegra. Está en un pueblecito al sur de Italia. Me gusta despertarme cada mañana y abrir la ventana de mi cuarto, hasta sentir el frío del alba sobre mi piel aún dormida. Es una casa enorme llena de trastos antiguos. La mayor parte del tiempo lo paso en la biblioteca, descubriendo volúmenes enormes y pasando mis dedos sobre sus hojas. En la parte de atrás hay un bello jardín. De noche se pueden ver las estrellas y cuando respiro hondo percibo el olor a pino y eucalipto que embargan mis sentidos. A veces me quedo allí sentada debajo de un árbol durante mucho rato, hasta que soy capaz de escuchar el rumor de las hojas cuando sopla el aire. Desde fuera parece una casa extraña, hecha de retales y remendada por todas las esquinas, pero su interior es como un pequeño palacio que alberga grandes secretos, retratos antiguos de gente que no conozco, estatuas de bellas mujeres… Mi casa es como yo, un misterio por descubrir, diferente a las demás, por eso me gusta tanto.

lunes, 2 de enero de 2012

Soledad




Se levantó en mitad de la noche.
En medio de la oscuridad, solo se escuchaba su respiración. Fue en ese momento, cuando se dio cuenta de que estaba sola, llevaba sola mucho tiempo, pero no se había parado a pensar que cuando pronunciaba su nombre, solo el eco de la oscuridad se lo devolvía.
Llevaba mucho tiempo durmiendo o vagando por las sombras de la oscuridad, sin percatarse de que su alma la había abandonado. Ya no era una persona con sentimientos, era un vacío en medio de una casa desierta.
Un cuerpo muerto, que se alimentaba de la soledad, como una gran bola de nieve.
Ya no habla, ya no escucha, solo espera al lado de la ventana, con los ojos perdidos en el horizonte, esperando que ese hombre que le ha robado todo vuelva a devolverle las ganas de amar y sentir, como la primera vez en aquella plaza desconocida a medianoche, donde ambos se encontraron, y sus almas se unieron, sin remedio, para siempre.